El viaje como elemento transformador puede tener infinitos rostros. Para muchos es tiempo de ocio, otras veces buscamos la aventura o el reto deportivo. Siempre supone una desconexión, una forma de renovación que nos saca temporalmente de la rutina. Hay, en definitiva, muchas formas de viajar y lo único importante es que en cada momento seamos nosotros los que elegimos el cómo y el porqué…

En unas horas marcho a la cordillera del Karakorum, al norte de Pakistán. Es un lugar que amo profundamente por la belleza de sus cimas y, sobre todo, por la limpieza de corazón de las gentes que habitan el Baltistán. Gentes rudas, hechas en el esfuerzo al que obliga un clima hostil, pero sobre todo nobles y amistosas.

Hace solo unos meses viajé al glaciar de Baltoro con la intención de escalar uno de los 14 gigantes que sobrepasan la barrera de los 8.000 metros. El porqué estaba claro. Deseaba volver a pisar una montaña grande. Todos tenemos sueños y entre los míos la atracción por la gran altitud no ha desaparecido. Sin embargo, el cómo no fue acertado. No le presté atención a otra variable: el equipo. No es asunto menor…

En unas horas vuelvo a volar rumbo a Skardu y esta vez todo parece estar en orden. Cuatro premisas le dan sentido al viaje:

Romper prejuicios. Vivimos un tiempo en el que la sobredosis de información condiciona casi todo lo que pensamos. Nadie está a salvo de que sus ideas varíen por lo que oye y ve. Lo que oímos y vemos sobre el mundo musulmán, de forma totalmente sesgada, ha creado una barrera ante todo lo que tenga que ver con el islam. Viajar solo a las tierras de la media luna es mi pequeña contribución a romper esa absurda idea de peligro irracional, enviando un sencillo mensaje de normalidad.

Salir de la pauta. Caminar senderos poco transitados es una forma de descubrimiento. El Karakorum, cuya temporada de escalada se reduce a los meses de verano, es en invierno territorio de aventura, de exigencias extremas, clima inclemente, sensaciones de puro contacto con una naturaleza irreductible.

Conectar con la gente. La vertiente antropológica del viaje, cuya excusa es la elaboración de un documental sobre la vida de los baltíes, me va a permitir vivir en aldeas perdidas con la única compañía de pastores y agricultores, gentes de las montañas, con quienes compartí camino el pasado verano. Seguramente será incómodo, elemental, pero en ello radica parte de su grandeza.

Ayudar. Es difícil acertar en los modelos de asistencia al desarrollo porque, como los propios beneficiarios dicen, las agencias de cooperación a veces crean un estilo de dependencia que no ayuda al progreso. Al viajar solo, entiendo que mi impacto puede ser mínimo, pero merece la pena echar una mano. Gracias a la colaboración de algunos amigos llevo conmigo ropa técnica y calzado para equipar a unos cuantos porteadores balties en sus próximas expediciones, a la vez que intentaremos suministrar material escolar en los colegios de las aldeas visitadas…

Empieza una nueva búsqueda de lo esencial por medio de la mirada del Baltistán. Quizá no sea necesario ir tan lejos, pero la vida nómada tiene tanta magia… Como decía David Le Breton en su ‘Elogio del caminar’, “El vagabundeo, se opone a las poderosas exigencias del rendimiento, de la urgencia y de la disponibilidad absoluta para los demás”.

Hora de desconectar el reloj…

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