No existen las verdades absolutas. Quizá por eso no acabo de simpatizar con el boom actual del concepto “coaching”. Demasiado dogmatismo, demasiada gente que se permite decirnos como debemos vivir, solucionar, pensar… . Sin embargo, es cierto que las experiencias ajenas nos ayudan a situar las nuestras en su justo lugar. Perseguimos modelos, copiamos referentes. Por eso hay una responsabilidad tan grande en todo los que comunicamos, ya sea escrito o por medio de la palabra. Ya se sabe,

“dueños de nuestros pensamientos, esclavos de nuestras palabras”.

Al hilo de estas reflexiones y con el único ánimo de aportar mi visión personal de las cosas, es frecuente que la gente me pregunte acerca de mi opinión sobre la importancia del grupo frente al individuo. Debe ser por mi afición a las expediciones en solitario o por mis reticencias ante todo lo que tiene que ver con la masificación. Lo cierto es que nunca he rehuido el trabajo en equipo. Muchos de mis proyectos como documentalista y varias expediciones se han desarrollado en el marco de grupos más o menos cohesionados. No obstante, creo con mucha más fuerza en el individualismo, que equívocamente se reconoce como sinónimo de egoísmo. Mis mejores experiencias han tenido lugar durante mis actividades en solitario, cuando me veo obligado a resolver cada problema por mis propios medios, sin la ayuda de un compañero. En esas situaciones, el ingenio se agudiza, se descubren habilidades ocultas y los niveles de autoestima crecen a un ritmo directamente proporcional a la dificultad superada.

Habrá quien responda mentalmente a esta idea con el argumento de que la fuerza del grupo siempre va a superar a la del individuo. No seré yo quien lo discuta. Simplemente me gusta pensar que el mejor grupo, el verdaderamente invencible, no puede estar compuesto sino por individuos que han crecido por si mismos, y que están ahí porque quieren, no por que lo necesitan.

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