La terminal del aeropuerto está vacía. El silencio, solo roto por algún eventual aviso de seguridad, llena cada rincón de mi cerebro. Estoy ausente. Es como si mi cuerpo estuviese aquí pero mi cabeza no. Intento comprender lo que me está pasando pero solo soy capaz de dejar pasar los minutos. Una nada oscura se ha apoderado de mi conciencia. Esta vez no hay llamadas de despedida. La rutina de treinta años de expediciones ha desaparecido. Solo quedan recuerdos difusos que afloran al azar. Un vértigo incómodo se aloja en el estómago. No me dirijo a los Apalaches, me dirijo al epicentro del dolor para mirarle cara a cara. Tengo miedo.

El largo viaje de regreso me lleva a Filadelfia, Harrisburg y Duncannon, al punto en el que todo se torció. Dicen que todo principio tiene un final. Yo prefiero pensar que todo final te lleva a un principio. Las horas previas a la salida me tienen angustiado, con una ansiedad que no encontré en los meses iniciales. Me rindo a la evidencia de que no va a ser fácil emocionalmente. No sé bien lo que hago aquí. Solo sé que lo que se empieza se acaba, que los compromisos se cumplen, que dejar las cosas a medias solo trae desasosiego.

Seguramente necesito llegar al Katahdin para cerrar las heridas, para recuperar la paz, para demostrarme a mí mismo que la vida sigue.

El regreso a Duncannon no puede ser confortable. Me encuentro con un lugar lleno de recuerdos amargos. Sabía a lo que venía. Recojo las botas nuevas y salgo hacia el río Susquehanna. El pueblo se me hace eterno. Una pena profunda ha anidado en mi corazón. Intento no pensar demasiado.

A 35 grados y con una humedad del 90% pronto voy como si estuviera en una sauna. Camino sumido en un ataque de ansiedad. Quiero pensar que es culpa de los dos cafés de esta mañana pero me engaño. No soy ni de lejos el explorador seguro de si mismo que comenzó el sendero en marzo. Acepto mi debilidad como parte de la partida…

No sé muy bien porqué, pero sigo adelante atormentado por los recuerdos hasta que alcanzo el refugio en el que pasaré la primera noche. Busco consuelo en la música y encuentro algo de paz en el atardecer. Los primeros días prometen ser un suplicio.

La siguiente jornada está pasada por agua. Camino con la mente totalmente vacía. Ya ni siquiera me pregunto si vale la pena seguir. Me he convertido en una víctima de la inercia. Si pudiese saldría de aquí corriendo, pero entonces tendría que explicar algo parecido a la cobardía. Llego al siguiente refugio y me protejo de la lluvia intentando recuperar las sensaciones. Ver pasar las horas sin otra ocupación que mirar el bosque frente a la cabaña se me hace incómodo. No puedo evitar sentirme víctima de una trampa creada por mí mismo de la que no soy capaz de salir.

 

La tercera mañana de cielos oscuros acaba conmigo. La idea del abandono hace acto de presencia. Sé cómo funciona. Somos viejos amigos. Ahora empezará su labor destructiva y nada podrá detenerla. Sigo caminando rendido a la evidencia. Si miro en el fondo de mi corazón no encuentro ni una sola razón para seguir sufriendo. No me angustia la idea de fracaso. La pena y el dolor son mucho más fuertes. Hubo un momento en el que pensé que los Apalaches servirían como catarsis.

Me equivoqué. Sencillamente no puedo con esto. Mi lado humano ha decidido que es suficiente.

Pierdo la partida!!!

JC

error: Content is protected !!

Pin It on Pinterest