Desde que inicié la expedición a los Apalaches tuve claro que había determinadas cifras simbólicas que tenían que marcar puntos de inflexión a favor de mi estado de ánimo. La milla 100, el kilómetro 1000, y sobre todo, el ecuador de la ruta.

En el plano mental, saber que estás más cerca del final que de el principio genera una extraña sensación de cercanía con el destino. Es una trampa del intelecto. Lo sé. Pero aún así, me parece una buena baza en esta partida de aspecto interminable que supone recorrer los más de 3500 kilómetros de este sendero mítico.

Cuando me acerco a Dead Woman Hollow, el punto exacto en el que se sitúa la división entre las dos mitades del Appalachian Trail, soy consciente de que no deja de ser una milla más del camino, pero aún así una cierta emoción se apodera de mí al superar la línea invisible y consigo tener la sensación de que por fin estoy cerca del final.

Caminar 1762 kilómetros me parece un acto tan heroico como absurdo. Es mi guerra. El problema es que la próxima batalla también tiene 1762 kilómetros. Si estoy o no preparado para librarla lo dirá el tiempo. Pero hurgando en mi lado optimista y reconociendo que toda línea divisoria tiende a separar las cosas, quiero pensar que en la segunda mitad todo va a ser más fácil, todo va a ir mejor.

Empieza la época mágica en la que ya no sumaré millas. A partir de ahora entro en la cuenta atrás para llegar a la milla cero en la que se encuentra mi objetivo. Mount Katahdin.

www.elretodelosapalaches.com

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