Llego al Parque Nacional de Shenandoah con la ilusión del que sabe que se acerca a un lugar mítico. Pero cuando las cosas se basan en expectativas uno tiene poco que ganar y mucho que perder.

Relatar mi paso por el parque podría ser una enumeración de pequeñas bellezas. Flores despertando a la primavera, mariposas de todos los colores y tamaños, paisajes infinitos, ardillas correteando entre los troncos… Eso y mucho más es lo que he capturado con los sentidos.

Sin embargo, los sentimientos tienen una fuerte preeminencia sobre los sentidos. Y así, Shenandoah me ha parecido prescindible, monótono y triste. Las cosas que pasan fuera de la burbuja que es la expedición en solitario me afectan sobremanera, sobre todo si tienen que ver con mi familia. Y uno puede estar preparado para casi todo, pero no para todo. La enfermedad de un ser querido es una de las mayores torturas que se pueden sufrir, sobre todo si es en la distancia.

De los seis días que he empleado en atravesar el parque, cinco han sido lluviosos. Jornadas de seis a nueve horas bajo el agua con frío, mucho frío, a veces al borde de la hipotermia. Lentamente, he ido perdiendo la energía y ahora me veo débil, quebradizo. Pero lo peor es cuando te mojas por dentro. Cuando llueve en el corazón. Cuando no hay más paisaje que tu mundo interior y todo lo demás deja de existir. Así ha sido mi tránsito por Shenandoah. Ausente.

A punto de abandonar por fin el estado de Virginia, me resigno a quedarme con el recuerdo melancólico de Shenandoah. Hay cosas que no tienen remedio y decisiones con las que tenemos que cargar toda la vida. Quizá un día vuelva a buscar el sol que no encontré y las mariposas y las flores me parezcan aún más bellas.

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