Atlanta me resulta una ciudad extraña. Soy un completo ignorante en lo que a cultura norteamericana se refiere. Quizá por ello me sorprende que en el centro de la ciudad el 90% de las personas que me encuentro sean de raza negra. Las avenidas principales se encuentran tomadas por mendigos que duermen en la calle. Suciedad y modernismo pelean por una estúpida supremacía. Es la cara B del sueño americano.

Camino durante un rato en busca de algún lugar en el que desayunar pero solo consigo un té frío y un par de galletas miserables. Poco después el tren Metropolitano me lleva a la zona de North Springs. El paisaje urbano cambia y se llena de vehículos de alta gama, edificios lujosos y personas de raza blanca. Parece que hay dos Atlantas…

El centro comercial en el que realizo mis últimas compras se va llenando poco a poco de familias de clase bien.  El día es soleado y frío. Me siento un poco incómodo, aunque quizá sea por la mala noche, llena de pesadillas, con la que me ha recibido la capital de Georgia. El peso de la evidencia se impone. Empiezo a vislumbrar vagamente las dimensiones del reto y no tengo más remedio que reconocerme a mí mismo que me asusta. No hay peor que deslealtad que la que uno comete contra sí mismo. Y aún así, es tan excitante que no puedo esperar para empezar a caminar. Este mundo de locos, lleno de edificios, semáforos, coches y estrés, va a acabar conmigo…

Paso la última noche en la civilización aturdido por el ruido del parque de atracciones que hay junto a un estadio de béisbol contiguo al hotel. Un grupo de moteros hace rugir los motores de sus llamativas Harley. Viejas locomotoras de tren silban a lo lejos creando una banda sonora suburbial. En la oscuridad de la habitación me dejo llevar por el sopor que provoca la calefacción. Pronto todo esto será un recuerdo. Mi realidad va a llenarse de frío e incomodidades. La felicidad no suele descansar casi nunca en sitios fáciles…

www.elretodelosapalaches.com

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