No puedo negar que estoy haciendo aquello que me gusta, pero a veces la naturaleza es obstinada y se empeña en poner las cosas difíciles. Desde que entré en el estado de Virginia, el Appalachian Trail no ha dejado de maltratarme. Primero fue con su climatología cambiante, en virtud de la cual no he tenido dos días seguidos de buen tiempo. No hay problema. Es primavera y estas son las cartas con las que se juega la partida. Sin embargo, pasar 10 horas seguidas debajo de un aguacero demencial en el que acabas con toda tu ropa mojada, incluido el saco en el que tienes que dormir, ha conseguido poner mi ánimo bastante cerca del límite.

Pero si ha habido un momento crítico en los últimos días, fue durante la bajada de un lugar conocido como Rocky Garden, en donde sufrí la primera caída en casi mil kilómetros de ruta. No fue cosa menor. En medio de la inercia del descenso, mi pie se quedó trabado en una rama oculta por la hojarasca. No hizo falta más de una décima de segundo para notar que mi cuerpo estaba fuera de su centro de gravedad. Los siguiente fue una caída de bruces contra las rocas y el posterior impacto sobre mi espalda de los 20 kilos de la mochila. El análisis de daños me resulta leve para semejante trompazo. Tan solo una contusión en una costilla y un golpe en una rodilla. Nada para una caída que podría haber acabado con la expedición.

Pero a fin de cuentas estas son las cosas de las que está compuesta una aventura en medio de una naturaleza salvaje como esta. Los Apalaches no van a regalar nada. Si alguien piensa que recorrer esta ruta es simplemente andar, no sabe de lo que habla. Cada día es un suplicio de diez a doce horas que te deja para el arrastre, y al día siguiente la partida empieza de cero… Solo espero que las más de 400 millas que restan antes de cruzar al estado de West Virginia casi seguido, Maryland, sean un poco más benignas.

www.elretodelosapalaches.com

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