Cuando empecé a pensar en los Apalaches como reto, imaginé muchos problemas a los que me tendría que enfrentar, pero nunca se me ocurrió que la monotonía podía ser uno de ellos, y además desde el principio. Millones de árboles estaban a punto de acabar con mi paciencia cuando llegué a Tennessee. Entonces todo cambió.

Por fin espacios infinitos. Campas despejadas desde las que otear los Apalaches. Tramos de sendero junto a ríos cristalinos. Cascadas con pozas que en verano deben ser una locura.

El paso por Tennessee, corto pero intenso, ha tenido la virtud de regalarme cada día una sorpresa diferente. Pero si me he de quedar con una, esa fue sin duda el paso por el lago Watauga, un escenario de película en el que no me importaría acabar mis días. Ver los meandros serpentear hacia la superficie del lago al atardecer me trajo recuerdos de otras puestas de sol en la sabana africana, en el parque de Gorongosa

www.elretodelosapalaches.com

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