La azafata del mostrador de embarque anuncia el vuelo de Atlanta. Diez horas para cruzar el Atlántico me ponen en situación. El estrés de los últimos días no me ha dejado pensar en las dimensiones del reto. Lo que tengo por delante es descomunal. Nunca antes me he enfrentado a nada parecido y probablemente nunca en el futuro lo volveré a hacer.

Sorprendentemente no hay nervios. Sé dónde me meto. No soy primerizo en esto de las grandes travesías. Sin embargo percibo una emoción contenida que no se parece a la de otros viajes. Hay algo que hace especial esta expedición y no sabría decir qué es…

El sendero de los Apalaches es mucho más que un camino más o menos bien trazado. Es la representación de un sueño que tiene que ver con el deseo de exprimir la vida y beberla a grandes tragos. Tenemos una limitada cantidad de tiempo en este mundo y más nos valdría pensarnos bien lo que hacemos con ella. Yo decido vivirla con todas sus consecuencias, que no son pocas…

La comida del avión es, como siempre, aséptica. El vecino del asiento de al lado, abducido por la pantalla insertada en el asiento delantero, me ofrece nula conversación. No importa. Prefiero ir entrando en mi mundo interior con una lentitud que se contradice con la velocidad de crucero del reactor. Todo está bien. Es imprescindible que el equilibrio venga de dentro.

Trato de aprehender lo que se avecina. Paisajes de montaña de una belleza prístina, fauna salvaje, frío y sufrimiento, vida en estado puro. Me pregunto si estoy preparado para todo esto. Comer cuando tienes hambre, dormir cuando tienes sueño… parece fácil…

Seguramente en lo esencial está la respuesta a casi todas las preguntas. El problema es que la mayoría de las veces no queremos oír las respuestas.

www.elretodelosapalaches.com

error: Content is protected !!

Pin It on Pinterest